martes, 22 de noviembre de 2011

La misteriosa mujer del vestido negro

A continuación os dejo un fragmento del libro: El séptimo: el adalid del apocalipsis

...
La limusina se movía como una serpiente entre las calles. En su interior, una mujer, con el pelo negro recogido en un delicado moño adornado con un palo también negro, pero con la punta metálica y brillante, observaba las anaranjadas luces de la ciudad. Iba apoyada junto a la ventanilla cerrada. En sus ojos se reflejaban las farolas, los semáforos y algún mendigo que empujaba un carro de supermercado abarrotado de porquerías inútiles para todos, excepto para él y otros como él. Triste, así se sentía y no era nada normal sentirse de esa forma. La última vez que sucedió, las cosas estuvieron a punto de acabar muy mal. Tomó un sorbo de su copa de champán. Sus labios pintados del azabache más oscuro, se humedecieron y brillaron al contacto con las virutas de oro del fondo de la copa vacía. La miró con desdén, odiándola con todo su maligno ser, mientras hacía descender la ventanilla. Su pálida mano, con las uñas tintadas de oscuridad, emergió del interior del vehículo y dejó que la copa cayera de entre sus dedos, sintiendo como el cristal se separaba de cada centímetro de su piel. Fue una sensación agradable. Las virutas se convirtieron en una dorada lluvia en la que el cristal dio vueltas hasta hacerse añicos contra el asfalto. Los fragmentos de cristal y oro se mezclaron entre sí formando un remolino que en mucho se parecía a sus pensamientos.

Su ser, su alma, ya no se conformaba con los pecados más terrenales. ¿Había tocado techo o, por el contrario, se había hundido en una falsa felicidad? ¿Debía buscar nuevas metas o debía conformarse con lo que había? ¿Y qué había? Estaba rodeada de gente a la que sólo le interesaba su dinero o su poder. ¿Era eso lo que quería? O mejor dicho, ¿desde cuándo ella quería algo más? Siempre se había conformado con eso, es más, lo había buscado rodeándose de la gente más egoísta, avariciosa y violenta que podía encontrar. ¿Qué había cambiado en ella para que todo aquello no valiera? Sus pechos, que se alzaban sobre el ceñido corpiño negro, se hincharon al suspirar. Era perfecta, era poderosa y tenía una mente privilegiada, entonces... ¿Qué fallaba?
...

2 comentarios:

  1. Genial, tiene buena pinta... un abrazo Joan.


    Kike

    ResponderEliminar